Shovels and Rope: folk para dos

04/12/2018
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Tan escasos de amor en el mundo, nunca vienen mal historias bonitas como la que unió a Cary Ann Hearst y a Michael Trent en el binomio de Shovels and Rope

Mi relación con el dueto Shovels and Rope empieza aquí, en 2012. La conocí primero a ella (Cary Ann Hearst) deambulando por Spotify, como no podía ser de otra forma. Por entonces yo gestionaba un extrañamente ambicioso proyecto –de cuyo nombre no quiero acordarme– y ya empezaba a jugar a esto de las listas anuales.

Recuerdo su voz, algo dulce y jovial pero un punto rota en ocasiones y muy potente en otras; una estación fantasma entre las cuerdas vocales de Cindy Lauper y el porte de Tanya Tucker. Recuerdo el Are you ready to die, el Forsaken Blues y, sobre todo, recuerdo quedarme prendado en el acto de aquel The Thread, y así seguiré hasta que me muera. Canciones tristes de alegre sencillez y que pertenecían al Lions and lambs (2011), su segundo disco en solitario.

A él (Michael Trent) le fui conociendo poco a poco. De hecho, ya aparecía en la última canción de dicho disco y en algún que otro vídeo con ella, pero yo, corto de mí, no fui capaz de atar cabos hasta la consolidación más expresiva de Shovels and Rope. A lo fácil. Lo cierto es que me costó más apreciar su estilo, algo más apegado a la métrica, no tan folkie y más metropolitano que el de ella, pero éste sería clave para sostener las bases del conjunto en los próximos años.

Y dejando a un lado los paralelismos entre sus respectivas carreras, unos meses más tarde descubro el O’ be joyful (2012), su segundo álbum como pareja artística y, según dicen en la SER, el primero como matrimonio. Es a partir de aquí cuando todo eclosiona. Empiezan las giras y los grandes eventos y, tras ello, los vídeos en YouTube. El mundo del folk empezaba a descubrirse ante una pareja de talentos que, sin ser técnicamente ningún prodigio, sabían apañárselas para sonar juntos a gloria.

Tras esto sacaron el Swimmin’ time (2014), un trabajo al que estuve amorrado un tiempo y con el que seguían experimentando más allá de su registro con el rock, el blues, el soul o el gospel y exprimiendo los acordes básicos de siempre para sacar preciosas melodías de allá donde parecía no haber más.

Luego vendrían más álbumes, un par de ellos abiertos a la colaboración de otros artistas como Brandi Carlile, Lera Lynn, Shakey Graves y compañía dentro de una saga llamada Busted Jukebox. Años prolíficos, cosa del amor… digo yo, vaya. Incluso llegaron a rodar su propio documental, titulado The Ballad of Shovels and Rope, el cual espero ver dentro de poco. Y hasta aquí puedo contar. Espero que esta historia haya sido de vuestro agrado y que no dejéis de escucharles.

© Fotografía: Curtis Wayne Millard