Estiu 1993: la verdad está en los Ducados

30/03/2018
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Hace 25 años un paquete de Ducados no costaba más de 110 pesetas… y sí, esto va de nostalgia

Habrá quien se ría por esto, pero el caso es que he vuelto a desempolvar mi viejo blog para escribir acerca de una cosa que me acaba de ocurrir. Sí, ya… hace nada me las prometía muy felices presumiendo de nuevo proyecto de divulgación musical por las redes, todo él muy pulcro y flamante –mi trabajo me costó–, y apenas un par de meses después me acabo viniendo abajo y cierro la persiana. Cosas que pasan cuando uno actúa de víscera y anda por la vida mirando al suelo.

A lo que vamos. Es (era) Jueves Santo, vengo de ayudar a una mujer mayor del barrio a subir la compra a casa y, tras un fallido plan de cerveceo, la cena puntual de cada día y la ya rutinaria maniobra de desconectar el móvil hasta el amanecer para crear expectación en torno a nada, se me ocurre ver Estiu 1993, de Carla Simón (leer sinopsis). «Una peli fácil y a dormir», pensaba yo. Y lo cierto es que al principio se me ha hecho lenta, como de costumbre, pero para estos casos ya tengo a mano el iPad con el Soccer Stars; nada grave.

Estiu 1993 se llevó 3 premios Goya en la pasada edición: a la mejor dirección novel, a la mejor actriz revelación y al mejor actor de reparto, pese a que el valor neto de la cinta se halla en este par de niñas

De repente, Frida, que deambula pernoctando por la casa mientras los demás duermen, coge un paquete blando de Ducados de un bolso para luego encontrarse con una figurita de una Virgen, que yace escondida en algún lugar de la finca, y pedirle a ésta que se lo entregue a su difunta madre. Aquí sufro un break importante, ¿de acuerdo? Por entonces (1993), esa marca de tabaco pegaba muy fuerte entre los treintañeros de clase obrera y mi familia contaba generosamente con esa suerte de perfil en sus filas, de modo que empiezo a recordar escenas de cuando veraneaba en Cunit, ayudado en gran medida por la actitud, digamos, arisca de la niña.

A según qué edad, los veranos sin tus padres pueden llegar a hacerse muy largos y quiero creer que cualquier chaval que perviva en el epicentro de una familia desestructurada tiene cierto crédito para comportarse como un completo imbécil, aunque lo que le hace Frida a su nueva hermana son auténticas putadas. A través de ellas, empiezo a vislumbrar las altas cotas de estrés a las que puede verse sometida cualquier persona de carne y hueso lidiando con semejante caso, el cual no es exactamente el mío pero la analogía me lleva a un camino de introspección interesante.

Fotograma clave de la mejor escena de toda la película.

Y de entre toda esa maleza, amanece una flor llamada Anna (la nueva hermana), una pequeña y dorada poesía de ubérrimos mofletes que riega de amor, una y otra vez, toda la trama. Su incondicionalidad hacia Frida, tal vez acentuada por cuestiones de guión pero adorable y pedagógica, está fuera de todo prejuicio. No importa cuántas reciba, ella estará siempre dispuesta a ser la cobaya de cualquier turbio experimento mediante una envidiable sonrisa porque así le nace. Y si antes no podía evitar verme reflejado en las trastadas de Frida, el personaje de Anna me recuerda mucho a mi primo y también ahijado –ideas de bombero…–, a quien también martiricé en infinidad de ocasiones sin que me lo tuviese muy en cuenta.

Tras un intento de fuga, probablemente extinguido por las palabras de Anna retumbando con fuerza en su cabeza, la película advierte su final en un clima de emotiva liberación y, por supuesto, de reconciliación entre Frida y los demás en plena lucha de almohadas. Llorar es sano, necesario y tan propio de nuestra fisiología como lo son sonarse los mocos o cagar, no deberían decirnos lo contrario, sea cual sea el motivo.

Buena peli, buen ejercicio… y para acabar en lo más alto y hondo a la vez, voy a dejar un texto acerca de la “familia”, como concepto, extraído del libro Contra la democracia, que me viene llevando de un lado al otro desde hace unos días:

» Control social, familia y democracia | Revista NADA